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Rebeldes expulsaron entre burlas a fuerzas de Putin de una ciudad clave en África y debilitaron a Moscú

Por Nimi Princewill, CNN

Cuando las fuerzas rusas se retiraron el mes pasado del enclave estratégico de Kidal, en el norte de Malí —en medio de las burlas de los mismos rebeldes que habían sido enviados a aplastar— perdieron más que territorio.

Observadores describen la retirada del Africa Corps, respaldado por el Kremlin, como un golpe humillante para el prestigio de Moscú como principal socio de seguridad en la región africana del Sahel, considerada ampliamente el foco de terrorismo más letal del mundo.

Desde que militantes vinculados a al Qaeda y rebeldes separatistas tuareg del norte lanzaron ataques simultáneos el 25 de abril —los más audaces en más de una década— Malí se ha hundido aún más en el caos. Su inusual alianza permitió una rápida ofensiva en la que varias bases militares fueron tomadas en el norte del país.

Ante el riesgo de quedar rodeado en la ciudad desértica de Kidal, el Africa Corps —que ahora opera bajo el Ministerio de Defensa ruso tras reemplazar al Grupo Wagner— negoció un acuerdo de paso seguro con militantes para evacuar a su personal. El episodio puso de relieve las crecientes limitaciones de Moscú para proteger a sus aliados, reflejando recientes fracasos para asegurar los regímenes de Bashar al-Assad en Siria, Nicolás Maduro en Venezuela y el liderazgo en Irán.

Kidal, ubicada a unos 1.600 kilómetros al noreste de Bamako, capital de Malí, fue tomada por el Ejército maliense y mercenarios rusos en 2023, poniendo fin a casi una década de control rebelde.

Esa victoria simbolizó el predominio de Moscú frente a los esfuerzos occidentales en África y evidenció la creciente influencia de Rusia en el Sahel, donde el sentimiento antioccidental ha aumentado. El Sahel se extiende por más de 4.800 kilómetros a través de África, justo al sur del desierto del Sahara, e incluye zonas de Senegal, Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Chad, Sudán, Camerún y Gambia.

Rusia ocupó ese espacio después de que fuerzas occidentales, involucradas en operaciones antiterroristas en partes del Sahel, fueran expulsadas por varios Gobiernos de la región entre 2022 y el año pasado.

Malí, una antigua colonia francesa afectada desde hace años por la insurgencia, está gobernada por una junta militar tras golpes de Estado consecutivos en 2020 y 2021. Después de romper relaciones con fuerzas francesas y con los cascos azules de la ONU, el régimen recurrió a Moscú en busca de apoyo de seguridad.

Sin embargo, la caída de Kidal ahora expone la fragilidad de esa estrategia.

El 26 de abril, el Frente de Liberación de Azawad (FLA, por sus siglas en inglés), un grupo separatista mayoritariamente tuareg, anunció en redes sociales que había alcanzado un acuerdo con tropas rusas para abandonar permanentemente Kidal y proclamó que la ciudad “ahora es libre”.

Poco después comenzaron a circular videos en internet que mostraban a combatientes tuareg burlándose de un convoy de vehículos rusos que huían de su base.

La crisis se profundizó con la muerte del ministro de Defensa de Malí, Sadio Camara, un militar entrenado por Rusia y figura clave en el acercamiento de Malí a Moscú. Murió en un atentado suicida con vehículo bomba en su residencia cerca de Bamako. El grupo Jama’at Nusrat al-Islam al-Muslimin (JNIM), vinculado a al Qaeda, se atribuyó la responsabilidad del ataque contra la vivienda de Camara.

Con JNIM amenazando ahora con un bloqueo total de Bamako y exhortando a los malienses a rebelarse contra la junta y adoptar la ley Sharia, las promesas del régimen de “neutralizar” estas amenazas con apoyo ruso parecen poco convincentes.

Mientras la influencia occidental disminuye en África, Rusia se ha convertido en la principal opción para líderes en dificultades que buscan asistencia de seguridad sin las condiciones occidentales sobre derechos humanos. Sin embargo, el enfoque de Moscú es principalmente transaccional: seguridad a cambio de recursos.

La magnitud del giro africano hacia Rusia quedó en evidencia en la cumbre Rusia-África de 2023 en San Petersburgo, donde el presidente Vladimir Putin anunció acuerdos de cooperación militar con más de 40 países.

Sin embargo, la presencia militar rusa en África fue impulsada inicialmente por el Grupo Wagner, que operó durante años en países afectados por conflictos como Libia, Mozambique y la República Centroafricana.

En República Centroafricana, uno de los países más pobres del mundo y donde la estructura de Wagner permanece arraigada desde 2018, investigaciones de CNN hallaron que empresas vinculadas a su líder, Yevgeny Prigozhin —ya fallecido— obtuvieron concesiones para explotar oro y diamantes.

Aunque el Gobierno centroafricano atribuye a “instructores rusos” el entrenamiento de su Ejército y la prevención del colapso total del Estado, esos logros siguen siendo frágiles mientras grupos rebeldes armados continúan controlando partes del país.

La transición del Grupo Wagner al Africa Corps no ha detenido el aumento de la inseguridad en países del Sahel gobernados por militares, como Malí, Burkina Faso y Níger.

Analistas sostienen que las promesas de Rusia se han quedado cortas. “La única victoria de los rusos (en Malí) fue la conquista de Kidal en 2023”, afirmó Ulf Laessing, director del programa para el Sahel de la fundación alemana Konrad Adenauer y radicado en Malí.

Héni Nsaibia, analista principal del grupo de monitoreo Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED), agregó que el modelo de seguridad del Kremlin es una solución superficial para una crisis profundamente arraigada en el Sahel.

Aunque puede proporcionar apoyo militar rápido, “hace muy poco para abordar las causas subyacentes de la militancia en la región, como la debilidad institucional, la corrupción, la marginación socioeconómica, las tensiones étnicas y la falta de legitimidad estatal”, dijo a CNN.

Mientras Kidal vuelve a manos rebeldes, Bakary Sambe, director del centro de estudios Instituto Timbuktu, con sede en Senegal, aseguró que esto representa “un importante revés reputacional” para Putin en África.

“La caída de Kidal y la humillante retirada de los rusos, registrada en video, dañaron enormemente la reputación y las ambiciones de Moscú en África”, añadió Laessing, sugiriendo que la confianza en el Africa Corps podría disminuir.

Laessing sostuvo que la percepción de que las fuerzas rusas se retiran bajo presión podría desalentar futuras alianzas.

Aun así, analistas advierten que Rusia sigue siendo clave para el liderazgo de Malí. Según Nsaibia, su presencia ha fortalecido la capacidad militar del país y ayudado a estabilizar temporalmente al régimen.

Las fuerzas rusas han sufrido numerosas bajas en Malí, incluida una emboscada mortal en 2024 que mató a varios combatientes del Grupo Wagner.

El Ministerio de Defensa ruso afirmó que la situación en Malí “sigue siendo compleja” y señaló que, aunque el Africa Corps se retiró de Kidal, evitó un colapso mayor al frustrar un intento de golpe de Estado el 25 de abril.

También advirtió que grupos militantes siguen activos y se están reorganizando.

Mientras tanto, representantes tuareg han pedido que las fuerzas rusas abandonen Malí por completo y predijeron la eventual caída de la junta.

A medida que la inseguridad se intensifica, la junta de Malí enfrenta un dilema estratégico.

“La supervivencia de un régimen no puede depender de un solo socio externo, especialmente de uno que acaba de fracasar en evitar la ofensiva más importante que el país ha sufrido en un solo día desde 2012”, argumentó Sambe.

Hay señales de que Malí y sus aliados regionales están diversificando sus alianzas de seguridad.

Junto con Burkina Faso y Níger, Malí creó la Alianza de Estados del Sahel (AES, por sus siglas en inglés), inicialmente formada como un bloque político en respuesta a las sanciones regionales impuestas tras sus respectivos golpes de Estado. Sin embargo, la AES evolucionó hacia un pacto de defensa mutua.

Los tres países también han ampliado la compra de equipos militares a países como China y Turquía, lo que refleja una búsqueda más amplia de alternativas.

Sin embargo, las opciones siguen siendo limitadas.

Rusia continúa siendo el único socio dispuesto a desplegar fuerzas de combate directamente en operaciones de primera línea —un factor clave para regímenes que enfrentan insurgencias—, lo que mantiene a Malí ligado a Moscú, señaló Laessing.

“Al final, Malí no tiene otra opción que trabajar con Rusia”, concluyó.

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