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El costo de vida en EE.UU. pesa sobre los votantes latinos, mientras crece el descontento con la economía

Por María Santana, CNN en Español

Al salir de un supermercado latino en Nueva York, Esmeralda Roustand sacude la cabeza con frustración.

“Ahí hay casi 20 dólares y no hay nada,” dice esta madre y abuela dominicana de 60 años, mientras muestra una pequeña bolsa con apenas dos jugos de naranja y un almuerzo de pollo con guineítos. “Si vas a comprar comida, la comida está cara y ni hablar de la vivienda. Uno no puede pagar un apartamento porque están extremadamente caros”.

Como ella, cada vez son más los latinos que dicen sentirse agobiados por el costo de la vida en Estados Unidos, incluso mientras algunos indicadores continúan mostrando resiliencia económica.

Roustand tiene dos hijos adultos y tres nietos en República Dominicana. Trabaja como asistente en el hogar y parte de su sueldo lo envía regularmente a su familia en la isla. Pero, en medio del aumento en los precios de alimentos, renta y transporte, asegura que se ha vuelto más difícil ayudar económicamente a los suyos mientras logra mantenerse a sí misma. “Por más que uno quiere estirar el peso, uno no puede, porque el peso no da más,” dijo Roustand.

Para muchos en esta comunidad, la presión financiera no se mide en gráficos ni estadísticas, sino en las bolsas del supermercado que cada día pesan menos. En la renta que sigue subiendo, aunque el salario no alcance. En las salidas sociales canceladas.

“Cada mes tengo que checar si puedo comer fuera o no, si tengo para pagar la renta”, dijo Juan Galván, un joven estudiante universitario en Nueva York. “Tengo que ajustar cuándo puedo salir con amigos y básicamente estar encerrado para disfrutar el apartamento por todo lo que se está pagando”.

Las inquietudes de los hispanos en Nueva York no son aisladas. Una nueva encuesta de CNN muestra que el costo de vida y la inflación continúan siendo de las principales preocupaciones para los estadounidenses rumbo a las elecciones intermedias.

El sondeo destaca que un 55% desaprueba el manejo de la economía por parte del presidente Donald Trump, mientras que más de siete de cada diez desaprueban su desempeño frente a la inflación y los precios de la gasolina.

La inflación anual subió al 3.8% en abril, según el más reciente Índice de Precios al Consumidor publicado por la Oficina de Estadísticas Laborales, alcanzando su nivel más alto en casi tres años, y el precio promedio nacional del combustible supera los US$ 4,50, de acuerdo con AAA.

Michael Negrón, investigador sénior en el Center for American Progress y exasesor económico de la Casa Blanca bajo la administración de Joe Biden, asegura que el impacto de la inflación suele sentirse de forma desproporcionada dentro de la comunidad latina, porque gran parte de sus ingresos está destinada a necesidades básicas.

“Los latinos están siendo particularmente afectados por la inflación que estamos viendo”, dijo Negrón. “Según cifras de la Oficina de Estadísticas Laborales, los hispanos gastan una mayor parte de su presupuesto en comida, casi un 15%, y alrededor del 8% en gastos de energía, cifras muy por encima del promedio nacional”.

Según Negrón, los hogares latinos también suelen depender más del automóvil y recorrer distancias más largas que otros grupos para llegar al trabajo.

“Cuando el precio de la gasolina sube entre un 40% y un 50%, afecta a todos, pero afecta más a los latinos”, explicó Negrón. “Cuando los precios de las necesidades básicas- alimentos, electricidad y gasolina- son precisamente los que más rápido están subiendo, hay un impacto significativo en las familias”.

Para muchos consumidores, ese impacto se resume en una sola frase: cada día gastas más por menos.

“Antes, con US$ 100 hacías una compra y te llevabas un carrito lleno. Pero ahora, la llevas aquí en la mano, dos funditas nada más”, dijo José Rosario, quien lleva siete años trabajando en Hamilton Meat Market, una carnicería y supermercado en el Alto Manhattan.

Rosario asegura que durante los últimos años ha visto cambiar los hábitos de compra de los clientes, que ahora compran menos productos y buscan maneras de hacer rendir más el dinero.

“Hace un año la papaya estaba a 99 centavos la libra, ahora está a US$ 1,99 la libra. A veces la gente pide que se la vendan en pedazos para poder llevársela. Y los limones están a dos por un dólar. Antes podías comprar hasta cinco por ese precio”, dijo Rosario.

Los cambios, sin embargo, no terminan en el supermercado para quienes se han visto obligados a hacer ajustes constantes a sus presupuestos.

“Esto nos ha afectado de muchas maneras”, dijo María Sofía González, una madre ecuatoriana que asegura que el alto costo de la vida ha impactado sus tradiciones familiares y hasta pequeños momentos cotidianos que antes parecían normales.

“Hemos tenido que sacrificar algunos gustos. Salir, por ejemplo. Cada vez que podíamos, salíamos por ahí a pasear con la familia o a comer en un restaurante, pero hemos tenido que hacer recortes en ese tipo de gastos”.

“Uno tiene que reducir todo lo que uno consume, porque el dinero realmente no alcanza”, agregó Yuberkis Suriel mientras hacía algunas compras para su hogar. “Cualquier antojo y se te van más de 40 o 50 dólares. Todo ha aumentado menos los sueldos”.

Para Negrón, esa frustración económica podría convertirse en un factor clave rumbo a las elecciones intermedias, especialmente entre votantes latinos que esperaban alivio en el costo de vida.

“La gente, incluyendo un número récord de latinos, votó por este presidente pensando que actuaría sobre el costo de vida, y eso no ha pasado”, dijo Negrón.

Según la reciente encuesta de CNN, un 77% de los estadounidenses responsabiliza directamente las políticas del presidente por el aumento en los precios.

“En muchos casos, políticas como los aranceles, las deportaciones masivas y la guerra con Irán han tenido el efecto contrario y han aumentado aún más la preocupación sobre los precios que sienten las familias”, afirmó Negrón.

Pero para consumidores como Roustand, el debate político queda lejos frente a las decisiones que enfrenta cada semana en el supermercado.

“Yo siento que la economía está cada día peor”, dijo mientras sostenía la pequeña bolsa con los jugos y su almuerzo. “Pero uno tiene que seguir comprando, porque hay que comer”.

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