Iba a un partido de fútbol pero terminó deportado a México con su padre: “Está completamente traumatizado”
Por Valeria León, CNN en Español
“Mi hermano no va a hablar con ustedes y mi sobrino está completamente traumatizado”. Con esas palabras, Joaquín advirtió a CNN sobre la situación que estaban atravesando Víctor Martínez y su hijo Liam Tadeo, de cinco años, quienes esta semana llegaron a la casa de sus padres en Puerto de Tablas, Guanajuato, después de ser deportados de Estados Unidos.
Detrás de una de las camionetas pick-up con placas de California se podía ver a Víctor. Parecía intentar esconderse detrás del cofre mientras hablaba por teléfono. Después subió por una pronunciada pendiente de tierra que conduce hasta la casa de sus padres.
Joaquín, hermano de Víctor, contó, sonriente pero algo desconfiado, que él también vivió en Estados Unidos, en California, pero regresó a México hace un par de años. Ahora se lamenta de las condiciones en las que vive su familia.
“Mire usted, no hay caminos, no podemos ni cruzar. Tenemos que hacerlo a caballo. No nos escuchan, estamos abandonados”, sentenció.
Víctor Martínez fue detenido por agentes de ICE en Austin, Texas, cuando llevaba a Liam Tadeo, que es ciudadano estadounidense, a un partido de fútbol. El momento quedó captado en un video desgarrador: Víctor aparece encadenado y escoltado por agentes migratorios mientras su hijo llora a su lado. Era el 16 de agosto.
Padre e hijo permanecieron después en el centro de detención de Dilley, en el sur de Texas. Según el Departamento de Seguridad de EE.UU., ambos vivían ilegalmente en Estados Unidos desde 2022.
Para evitar una separación, Martínez aceptó ser deportado junto con su hijo. Pero el camino de regreso no fue sencillo. Su abogada, Kate Lincoln-Goldfinch, denunció que ambos fueron enviados a un punto en México ubicado a unas 20 horas de su hogar. Posteriormente recibieron ayuda del Gobierno del estado de Guanajuato para regresar a Puerto de Tablas, un pequeño poblado enclavado en las montañas del Bajío mexicano, donde ni siquiera hay caminos pavimentados para llegar a la casa de los padres de Víctor.
La familia tiene una pequeña milpa (sistema agrícola tradicional) para autoconsumo y para alimentar a sus animales. Tienen un cerdo y algunas vacas.
Mientras Joaquín mostraba la milpa llegaron dos de sus hermanas: Fátima, de 19 años, la menor de 12 hermanos, y Estefanía, de 21, madre del pequeño Alexander, quien tiene la misma edad que su primo Liam Tadeo y se columpiaba con gran audacia de una delgada cuerda atada a un árbol.
“Cuando mi niño se enferma tenemos que hacer una hora de camino y muchas veces no hay nadie para atenderlo”, lamenta Estefanía, mientras sostiene una pala en la mano que utiliza para limpiar la milpa.
Consultada sobre la posibilidad de irse a EE.UU., Estefanía contesta enfáticamente que no. “Ahorita menos”, dice. Lo que pasó con Víctor generó sentimientos encontrados en esta familia.
Fátima se enteró de la violenta detención de su hermano y su sobrino a través del video que se volvió viral. Con angustia confiesa que no esperaba verlo de vuelta, al menos no tan pronto.
“Aún le debe al coyote”, dice. “Apenas iba a empezar a trabajar para pagarlo”.
Víctor fue deportado en febrero pasado. Su esposa y su hijo se quedaron en Texas. Ellos fueron el motor que lo impulsó a intentar cruzar la frontera una vez más. Finalmente lo consiguió y apenas comenzaba a trabajar en la construcción cuando fue detenido a plena luz del día, un domingo, mientras se dirigía con Liam a su partido de fútbol.
“Pues da gusto volverlo a ver, pero a la vez tristeza, porque ellos solo van a hacer sus sueños, pero pues no los dejan”, confiesa Fátima.
Ella también confirmó lo que Joaquín había dicho: la detención dejó una profunda huella en Liam Tadeo.
“Cuando viene gente piensa que son policías que vienen por él y se esconde”, cuenta Fátima.
Los hermanos Martínez se ayudan unos a otros y también a sus padres. Fátima cuenta que por las mañanas cuida a los hijos de una de sus hermanas, quien trabaja como camarera en un restaurante del municipio vecino de Santa Catarina.
Los lleva a la escuela, los recoge, limpia la casa y, por las tardes, trabaja en la milpa con su madre, que, según cuenta, se ha mantenido fuerte ante la deportación de Víctor y Liam.
“Las madres tienen una fortaleza distinta para procesar las cosas feas. Ella se ve que se aguanta el sentimiento, pero sigue adelante”.
Fátima terminó la preparatoria y sueña con estudiar medicina, algo que la obligaría a mudarse a la capital del estado de Guanajuato, a unas tres horas de su parcela y de su familia.
“Las becas son insuficientes, ni soñar con ello”, expresa con una sonrisa tímida, entre brackets.
Ella se encarga también de alimentar al cerdo de su hermana, que vive en un pequeño chiquero, además de sus ocho gallinas y los dos cachorros que corren libres por el humilde predio.
En la entrada, numerosos juguetes infantiles dan cuenta de la convivencia entre los primos. Liam Tadeo aterriza ahora en otra realidad, muy lejos de Estados Unidos, pero rodeado por el cariño de la numerosa familia Martínez.
Aquí muchos son parientes y las historias se parecen.
Guadalupe Martínez, tía de Víctor, es madre de tres hijos. El mayor se fue a Estados Unidos cuando tenía 15 años. Lleva dos décadas en California, pero desde hace algunos meses ella no sabe nada de él.
“No puedo ver a mi hijo, no sé si está vivo. Algunos dicen que cayó en las drogas y vive abajo de un puente. Una desgracia”, relata mientras camina de la mano de otro de sus hijos, de 21 años, quien sufre epilepsia y a quien no puede dejar solo.
“Aquí el dinero no rinde. Mandando de allá, de Estados Unidos, les rinde más”, explica.
Y aunque desea un buen futuro para su sobrino, que sí regresó, expresa una realidad que aquí todos parecen conocer:
“Pobrecito. Ojalá encuentre trabajo aquí, algo, y salga adelante. Porque aquí no hay dónde trabajar”.
Entre imponentes montañas cubiertas de vegetación, este pueblo olvidado todavía agradece algo de lo que muchos otros rincones remotos de México ya no pueden presumir.
“Aquí no han llegado los maleantes”, susurra Joaquín. “Hasta eso vivimos bien, estamos tranquilos”.
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