A los 80 años, Lula busca un cuarto mandato. Esta vez su capacidad de supervivencia política puede no alcanzar
Por Alessandra Freitas, CNN en Español
Cuando Luiz Inácio Lula da Silva salió de la sede de la Policía Federal en Curitiba, Brasil, el 8 de noviembre de 2019, cientos de simpatizantes lo esperaban.
Muchos habían estado frente al edificio, de manera intermitente, durante gran parte de los 580 días que pasó tras las rejas, con vigilias para defender su inocencia y exigir su libertad. Gritaban “buenos días”, “buenas tardes” y “buenas noches”.
Lula emergió entonces entre la multitud e hizo lo que mejor ha sabido hacer toda su vida política: dio un discurso.
“No encarcelaron a un hombre”, declaró. “Intentaron matar una idea. Pero no se puede matar una idea”.
Siete años después, Lula vuelve a luchar por demostrar que su movimiento puede sobrevivir pese a una turbulencia sin precedentes. Esta vez desde la batalla la da desde el palacio presidencial. Una derrota supondría la primera vez que Lula pierde una reelección; una victoria lo convertiría en el primer presidente de Brasil elegido para cuatro mandatos y en uno de los pocos presidentes de América Latina en lograrlo democráticamente.
El 4 de octubre, los brasileños votarán en la primera vuelta de una contienda que lo enfrenta al senador de derecha Flávio Bolsonaro, hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, quien cumple una condena de prisión por conspirar para revertir el resultado de las elecciones de 2022, que perdió ante Lula.
Con casi 50 años en la política, éste es el cuarto y probablemente último mandato de Lula a la presidencia, que se desarrolla en medio de una profunda polarización, una ola de nuevas investigaciones por corrupción, choques con el gobierno de Estados Unidos y una derecha resurgente que avanza por América Latina, alentada por el presidente Donald Trump.
Es mucho para que cualquiera lo resista, y más para un hombre de casi 81 años que recientemente enfrentó el cáncer por segunda vez. Pero como una figura cuya trayectoria abarcó la transición de Brasil del régimen militar a la democracia, profundos cambios sociales y económicos y repetidas crisis políticas, Lula domina el arte de la supervivencia.
Nacido en 1945 en el seno de una familia pobre en el estado rural nororiental de Pernambuco, Lula fue el séptimo de ocho hijos. Con el tiempo, la familia se trasladó al sureste de Brasil en busca de una vida mejor, donde Lula trabajó lustrando zapatos antes de convertirse en metalúrgico en el cinturón industrial de las afueras de San Pablo, cuna de su carrera política.
Fue en esas fábricas donde Lula perdió parte del dedo meñique de la mano izquierda en un accidente laboral en 1964. Con el paso de los años y de la lucha política, esa mano se convertiría en un orgulloso símbolo de su identidad de clase trabajadora. También fue allí donde aprendió a manejar multitudes, tras convertirse en líder sindical en la década de 1970. Orador nato, solía dirigirse a los metalúrgicos en huelga durante los últimos años de la dictadura militar de Brasil, cuando fue detenido durante 31 días bajo la Ley de Seguridad Nacional tras una huelga en 1980.
“Es una metamorfosis ambulante”, dijo Ricardo Kotscho, aludiendo al título de una famosa canción del músico de rock Raul Seixas. El veterano periodista brasileño y amigo de larga data, quien fue secretario de prensa de Lula durante su primer mandato, conoció al ahora presidednte en 1978, cuando fue asignado para cubrirlo mientras ascendía como líder sindical en San Pablo. “Se burló de mi barba larga”, recordó. “‘Aquí viene otro barbudo universitario a molestarme’”. De inmediato se hicieron amigos.
“Es muy gracioso y muy travieso”, dijo Kotscho. “También siempre ha sido testarudo”.
Esa terquedad le dio la capacidad de articular posturas distintas en pos de un objetivo mayor. “Como líder sindical, tuvo que aprender a negociar con los trabajadores, los patrones y el gobierno, y era una situación frágil”, dijo Kotscho a CNN.
Sin embargo, Lula insistía en que no tenía interés en convertirse en político. “Me dijo, alrededor de 1978, que los líderes sindicales debían mantenerse al margen de la política”, contó Kotscho.
Dos años después, Lula ayudó a fundar el Partido de los Trabajadores, o PT, nacido del movimiento obrero de Brasil.
Para 1989, ya era candidato a la presidencia. Se postuló de nuevo en 1994 y 1998, y perdió las tres veces. En 2002, supo que algo tenía que cambiar. Construyó alianzas fuera del partido y de su ideología, y se convirtió en un candidato más conciliador, acercándose a líderes empresariales y suavizando su discurso.
“Hasta aceptó usar un teleprompter, algo a lo que siempre se había opuesto”, contó Kotscho a CNN.
Esta vez, ganó.
La capacidad de forjar alianzas improbables ha acompañado a Lula a lo largo de su carrera política. En 2022, eligió a Geraldo Alckmin como su compañero de fórmula, un exlíder del PSDB, de centroderecha, el mayor rival del PT durante gran parte de la década de 2000, que se había postulado y perdido contra Lula en 2006. Alckmin vuelve a figurar en la fórmula este año.
“Lo que hace es operar en torno a sí mismo, creando un espacio de convergencia… en el que pueden operar todo tipo de fuerzas contradictorias”, dijo John French, historiador y profesor de la Universidad de Duke que ha estudiado a Lula y al movimiento obrero brasileño durante décadas. “Le da mucha importancia a mantener las relaciones. No es alguien que corte lazos”.
Eso, junto con sus programas sociales, se convirtió en uno de los pilares de su gobierno. Durante sus dos mandatos, el empleo aumentó, subió el salario mínimo y hubo una gran expansión del poder adquisitivo entre los brasileños más pobres, según el censo oficial de Brasil. Millones salieron de la pobreza, mientras más brasileños de bajos ingresos y afrodescendientes ingresaron a las universidades y a espacios durante mucho tiempo dominados por las clases media y alta. Brasil también fue retirado del mapa del hambre de la ONU por primera vez en 2014.
Lula también elevó el perfil de Brasil en el exterior, profundizando lazos con países en desarrollo mientras mantenía relaciones con Estados Unidos y Europa, y ayudó a fundar el grupo BRICS junto con China, Rusia, India y Sudáfrica. Durante una cumbre del G20 en 2009, el entonces presidente estadounidense Barack Obama lo señaló ante otros líderes y lo llamó “el político más popular de la Tierra”.
Pero la corrupción también se convirtió en un sello de sus mandatos— un giro incómodo para un partido que había pasado sus años en la oposición haciendo campaña por un gobierno limpio. En 2005, un esquema de compra de votos conocido como Mensalão condenó a altas figuras del PT y manchó la imagen del partido. Aunque Lula nunca fue acusado, el daño a la imagen del partido fue severo. Bajo su sucesora, Dilma Rousseff, una investigación de corrupción mucho más amplia, que comenzó en una gasolinera y luego fue bautizada como Operación Lava Jato destapó un esquema de sobornos en la petrolera estatal Petrobras tan extenso que ayudó a impulsar el juicio político de Rousseff en 2016.
“La corrupción se convirtió en una especie de explicación para la crisis económica, y quedó asociada con el PT”, dijo Luciano Da Ros, politólogo y coautor de “Brazilian Politics on Trial”.
Lula fue condenado por corrupción y lavado de dinero en Curitiba en 2017, en un caso relacionado con un apartamento de lujo frente a la playa que, según los fiscales, la constructora OAS le había prometido a cambio de favores. Él negó haber cometido algún delito y aun así buscó postularse ese año, pero la condena lo inhabilitó. La Corte Suprema de Brasil finalmente anuló la decisión en 2021, al dictaminar que el tribunal de Curitiba carecía de jurisdicción, y le restituyó sus derechos políticos.
Luego ganó en 2022 por un margen estrechísimo de 1,8 puntos — unos 2,1 millones de votos, la elección presidencial más reñida en la historia de Brasil. Lo logró ampliando su coalición mucho más allá del PT, con Alckmin como socio y el respaldo de sectores empresariales y centristas que antes rechazaban al partido, y centrando la campaña en el manejo de la pandemia por parte de Bolsonaro. También puso el foco en el aumento del hambre y la carestía, mientras prometía retomar los programas sociales que marcaron sus primeros gobiernos. El resultado reflejó una fuerte polarización regional: Lula arrasó en el Nordeste, su bastión histórico, mientras Bolsonaro dominó el Sur y el Centro-Oeste agroindustrial. Aunque Bolsonaro perdió, el bolsonarismo sigue muy vivo y suma votos mientras moviliza a un electorado conservador en crecimiento, ferozmente opuesto a Lula y al PT, al que hoy muchos ven como el “partido de la corrupción”.
“Lo cierto es que la corrupción es transversal a los partidos, está presente en todos los grandes”, dijo Da Ros. “Pero la retórica anticorrupción que alguna vez se asoció con la izquierda brasileña fue apropiada con gran éxito por la derecha”.
Una nueva investigación por corrupción está alimentando ese sentimiento mientras Lula inicia la campaña de 2026 al frente de un país dividido, en medio de una ola de turbulencia institucional.
El colapso del banco brasileño Banco Master ha repercutido en todo el establishment político, incluida la Corte Suprema, apenas semanas antes de la votación. El magistrado Alexandre de Moraes — quien chocó constantemente con Bolsonaro durante su gobierno y luego encabezó las investigaciones que lo llevaron a ser condenado — enfrenta ahora interrogantes sobre presuntos vínculos con el presidente del banco. El magistrado ha negado haber fallado en cualquier proceso vinculado al Banco Master o a su expresidente, Daniel Vorcaro, y calificó las acusaciones de “insinuaciones absolutamente falsas”. Según su versión, solo revisó por motivos de cumplimiento un contrato entre el banco y el despacho de abogados de su esposa, sin hallar impedimentos legales.
Retratado como un aliado de Lula por sus enfrentamientos con Bolsonaro, la implicación de Moraes en el escándalo le dio a la campaña de Bolsonaro suficiente munición para jugar una de sus cartas más usadas: que la izquierda, y cualquiera asociado con ella, es corrupta, aunque el propio Flávio Bolsonaro también está siendo investigado por presuntos vínculos con el mismo banco. Según las acusaciones, Flávio habría negociado con Vorcaro un financiamiento de unos R$134 millones (unos $24 millones) para Dark Horse, una película biográfica sobre Jair Bolsonaro. Flávio niega haber recibido dinero de Vorcaro en la causa y asegura que los honorarios que sí cobró, por otro contrato, fueron “completamente legales y privados”.
Eso ocurre mientras el propio hijo de Lula, conocido como Lulinha, es investigado por separado por presunto tráfico de influencias. Su defensa niega las acusaciones.
La presión también llega desde fuera de Brasil, mientras Lula choca con el gobierno de Trump por aranceles y prácticas comerciales, los recursos de Brasil, su postura frente al crimen organizado e incluso el escrutinio sobre su sistema de pagos tecnológico, PIX.
Trump impuso nuevos aranceles a productos brasileños este año, incluido un gravamen del 25% a algunos productos por lo que Estados Unidos calificó como prácticas comerciales desleales. Lula ha rechazado las acusaciones mientras continúa las negociaciones con Washington, y ha convertido cada vez más la defensa de la soberanía brasileña en un eje central de su campaña. “Brasil no es el patio trasero de nadie”, dijo ante la Asamblea General de la ONU en septiembre.
Esto ocurre mientras Lula estrecha lazos con China y otros miembros de los BRICS: las exportaciones de Brasil a China alcanzaron los $58.300 millones en el primer semestre de 2026, más del triple de los $17.400 millones enviados a Estados Unidos, cuya participación cayó un 13% a medida que los aranceles hicieron efecto.
Más cerca de casa, Lula también se ha encontrado en desacuerdo con una América Latina que gira hacia la derecha. En julio, el argentino Javier Milei viajó a Brasil para hacer campaña junto a Flávio Bolsonaro, llamando a Lula “preso” y a su gobierno “socialistas ladrones” — lo que llevó a Brasil a retirar a su embajador en Argentina.
Otro mandato de Lula llegaría en un momento de mayor rivalidad entre Estados Unidos y China, el mayor socio comercial de Brasil, además de guerras e inestabilidad en Europa y Medio Oriente y crecientes tensiones sobre el comercio mundial.
Pero incluso una victoria del PT no postergará un problema que la izquierda enfrenta desde hace tiempo: no hay un sucesor claro para Lula.
Para los brasileños más jóvenes, dice French, Lula simplemente siempre ha estado ahí. “Es parte de la naturaleza”, dijo John French.
Su voz ronca, su barba, su dedo faltante y la cadencia de su discurso han sido elementos fijos de la vida pública brasileña desde la primera elección presidencial directa de Brasil tras la dictadura, en 1985.
También creó un vínculo emocional con los votantes que ascendieron en la escala social durante los años de Lula, un legado que podría ser difícil de replicar.
“Su mayor logro es la inclusión social”, dijo French. “Para personas que estaban completamente fuera del mercado laboral, fuera del sistema financiero, que ni siquiera tenían cuentas bancarias”.
Kotscho coincide.
“A alguien como Lula no se le crea, es único”, dijo Kotscho. “Este tipo de personas solo aparecen cada 100 años”.
Si eso basta para sobrevivir una elección más — frente a un Bolsonaro, un escándalo bancario y una región que se vuelve en su contra — es lo que Brasil empezará a responder el 4 de octubre.
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