Atrincherado en Mar-a-Lago, Trump convierte su club en una improvisada sala de crisis
Por Kevin Liptak, CNN
La noche del viernes en Mar-a-Lago fue un relato de dos realidades paralelas. Mientras el salón principal se llenaba de glamour con invitados en trajes de gala y esmoquin bailando hasta la madrugada, al otro lado de la extensa propiedad se desarrollaba una escena radicalmente distinta.
Al salir por las puertas doradas, pasando varias capas de seguridad y detrás de un conjunto de cortinas negras, los principales funcionarios de seguridad nacional del país se reunían anticipando una larga noche.
El director de la CIA, el secretario de Estado y el secretario de Defensa habían entrado antes, sin ser vistos por la multitud que bebía cócteles junto a la piscina. Al igual que el presidente del Estado Mayor Conjunto, cuyo mapa de Medio Oriente mostrando la ubicación de los activos estadounidenses —junto con objetivos iraníes— estaba colocado en un caballete.
Para cuando el presidente Donald Trump aterrizó, el espacio funcionaba como una sala de crisis improvisada desde la que supervisaría el inicio de un ataque sostenido contra Irán.
Aunque primero, el salón de baile llamaba.
“Que la pasen bien, todos”, gritó Trump a la multitud de etiqueta reunida para una gala benéfica, después de agitar brevemente los brazos al ritmo de su himno “God Bless the USA”.
“Tengo que ir a trabajar”.
Detrás de las cortinas negras, fotos publicadas por la Casa Blanca mostraban a Trump, sin corbata y usando una gorra blanca con la inscripción “USA”, observando la acción en desarrollo, que incluiría la muerte del líder supremo iraní, el ayatola Alí Jamenei.
Durante la mayor parte del domingo, esas imágenes y dos videos grabados —el primero anunciando la extraordinaria operación, en el que el rostro de Trump estaba medio cubierto por la gorra, y el segundo abordando la muerte de Jamenei y la de tres miembros del servicio estadounidense, fueron todo lo que el público vio del presidente. No pronunció un discurso formal en vivo ni convocó una conferencia de prensa televisada.
Eso dejó a las fotos proporcionadas por la Casa Blanca de Trump como las principales imágenes de su papel en la operación, que ordenó después de hacer poco por explicar sus objetivos estratégicos u obtener el respaldo del público.
En una foto, se inclina hacia su secretaria general de la Casa Blanca, Susie Wiles, mientras ella gesticula con la mano derecha. Un reloj inteligente negro en la muñeca de Wiles desató especulaciones en internet sobre si pudo haber comprometido la seguridad de la sala, una idea rápidamente desmentida por el fabricante del dispositivo.
“Se llama whoop”, escribió Will Ahmed, fundador de la empresa que fabrica el reloj. “No incluye micrófono, GPS, ni capacidad celular de ningún tipo y lleva mucho tiempo en la lista aprobada por la NSA (Dispositivos Electrónicos Personales)”.
Aparte del reloj de Wiles, el uso de Mar-a-Lago por parte de Trump para supervisar las operaciones militares más sensibles siempre ha generado cierto grado de ansiedad entre los profesionales de la seguridad nacional. La posible intersección de miembros del club que pagan con los secretos de seguridad nacional más delicados del país le provoca inquietud a algunos funcionarios de inteligencia. El Servicio Secreto revisa a los invitados antes de que ingresen, pero no determina quién puede acceder al club.
Eso de vez en cuando ha dado lugar a escenas impactantes. Al principio de su primer mandato, Trump se reunió junto a ensaladas iceberg wedge en el patio con el entonces primer ministro de Japón, Shinzo Abe, después de un lanzamiento de misil norcoreano. Algunos invitados observaban, escuchando cómo los hombres discutían cómo responder y publicando fotos del episodio en redes sociales.
Desde entonces, Trump y sus asistentes han implementado reglas más estrictas para los invitados que toman fotografías. Y el aparato de comunicación clasificada del club se ha expandido y reforzado, en parte mediante un uso repetido.
La lista de operaciones altamente clasificadas autorizadas desde Mar-a-Lago es ahora larga.
Fue en una sala del sótano sin ventanas donde Trump se reunió con altos funcionarios de seguridad nacional en 2020 para tomar la decisión final de eliminar al principal comandante militar de Irán, Qasem Soleimani.
Desde otra sala segura, Trump autorizó ataques a Siria por el uso de armas químicas en 2017, antes de regresar a cenar con el líder de China para relatárselos mientras comían pastel de chocolate. “Él estaba comiendo su pastel”, diría Trump después sobre su invitado, Xi Jinping. “Y estaba en silencio”.
Solo en el último año, Trump estuvo en Mar-a-Lago cuando EE.UU. inició una campaña aérea contra los rebeldes hutíes en Yemen, observando las primeras detonciones en monitores recién salido del campo de golf; cuando misiles Tomahawk estadounidenses fueron lanzados a supuestos campamentos del ISIS en Nigeria el día de Navidad; y cuando la audaz misión para capturar al líder venezolano Nicolás Maduro se desarrolló en Caracas justo después del Año Nuevo.
El club, que fue construido por la heredera de cereales Marjorie Merriweather Post en la década de 1920, tiene ciertas protecciones naturales. Está anclado a un arrecife de coral con acero y concreto, lo que lo hace resistente a huracanes. Sus paredes están hechas de gruesa piedra doriana de Italia.
Las fortificaciones más recientes incluyen francotiradores, perros detectores de bombas y barcos patrullando la Intracoastal Waterway, junto con millas de cables telefónicos e internet seguros.
Pero no es impenetrable. El mes pasado, agentes del Servicio Secreto de EE.UU. y agentes de la policía del condado de Palm Beach dispararon y mataron a un hombre armado que entró ilegalmente en el perímetro seguro del club portando una escopeta y un bidón de gasolina. Trump no estaba en la propiedad en ese momento.
Tras el lanzamiento de la operación estadounidense en Irán este fin de semana, el Servicio Secreto dijo que estaba reforzando la seguridad alrededor de Mar-a-Lago, junto con la Casa Blanca.
Trump no salió del club para jugar golf el sábado ni el domingo, algo poco común en los fines de semana que pasa en Palm Beach. Pero el sábado por la noche, después de cenar en el patio, cumplió su compromiso de asistir a una recaudación de fondos para un super PAC pro-Trump realizada en su propiedad.
Su secretaria de Prensa, Karoline Leavitt, describió la iniciativa de recaudación de fondos como “más importante que nunca”.
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