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Las elecciones intermedias e Irán: el Congreso podría cambiar de manos, pero Trump seguiría controlando la guerra

Análisis de Brett H. McGurk

El 10 de enero de 2007, el presidente George W. Bush anunció un aumento de decenas de miles de fuerzas armadas adicionales en Iraq, una de las decisiones menos populares de su presidencia. Como asesor principal, seguí el anuncio desde la oficina del asesor de Seguridad Nacional, Stephen Hadley, en el Ala Oeste.

Hadley había pedido pizza y un pequeño grupo de nosotros nos reunimos alrededor de su televisor. Cuando Bush terminó de hablar, Hadley empezó a cambiar de canal para medir la reacción.

El senador Dick Durbin estaba exponiendo la respuesta oficial de los demócratas. “La escalada de esta guerra no es el cambio que el pueblo estadounidense pidió en las últimas elecciones”, declaró. El siguiente fue el senador Barack Obama, quien prometió “oponerse activamente a la propuesta del presidente”.

Hadley apagó el televisor.

“Esto va a ser una batalla”, dijo.

A la mañana siguiente, mientras viajaba con Bush a Fort Benning, Georgia, revisé la cobertura de prensa. El senador republicano Chuck Hagel calificó el aumento de fuerzas como “el error de política exterior más peligroso de este país desde Vietnam”.

Los demócratas acababan de lograr una victoria aplastante en ambas cámaras del Congreso en las elecciones de intrmedias de 2006 —un resultado que el propio Bush calificó como “paliza”—, impulsado en gran medida por la oposición pública a la guerra de Iraq.

El mensaje de los votantes parecía claro. Bush lo desafió.

En los meses siguientes, destituyó a su secretario de Defensa, nombró nuevos generales y un nuevo embajador en Iraq y, lo que es más importante, aprobó una nueva estrategia para redoblar los esfuerzos en una guerra que gran parte de Washington daba por perdida.

Más tarde, Bush escribió que aquella fue una de las decisiones más difíciles de su presidencia.

El aumento de tropas redujo drásticamente la violencia y estabilizó Irak, dándole una oportunidad de sobrevivir. El Congreso intentó revertir la medida estableciendo plazos para la retirada de las fuerzas estadounidenses e incluso recortando la financiación de las tropas. Bush vetó dichas medidas y el Congreso no contó con los votos necesarios para anular su veto.

Puede que la política en Washington hubiera cambiado, pero el Congreso no formaba parte de la cadena de mando; el comandante en Jefe era quien determinaba el rumbo y la conducción de una guerra en curso.

Al parecer, Irán cree que las elecciones intermedias del 3 de noviembre determinarán su suerte en la guerra que mantiene con Estados Unidos.

Según un informe de The Washington Post publicado el lunes, funcionarios iraníes están intensificando los ataques contra buques mercantes en el estrecho de Ormuz con el fin de elevar los precios de la energía, castigar a los consumidores estadounidenses y debilitar a Trump y al Partido Republicano antes de las elecciones intermedias.

Un diplomático árabe describió a Teherán como “obsesionado” con las elecciones. La televisión estatal iraní sigue de cerca los índices de aprobación de Trump y especula que las derrotas republicanas limitarán las opciones bélicas y obligarán a hacer concesiones a Irán.

Sin embargo, Irán podría descubrir que debilitar políticamente a un presidente estadounidense no es lo mismo que limitarlo estratégicamente. El Congreso tiene competencias en materia de guerra y paz, incluida la autoridad sobre el gasto militar. Pero utilizar esas facultades para obligar a un presidente decidido a cambiar de rumbo es otra cuestión.

Un presidente puede vetar leyes que restrinjan las operaciones militares, y el Congreso necesita una mayoría de dos tercios en ambas cámaras para anular dicho veto. Incluso si los demócratas logran una victoria arrolladora en noviembre, es casi seguro que no contarán con esa mayoría.

Asimismo, los legisladores se muestran reticentes a cortar la financiación de las fuerzas estadounidenses que ya se encuentran en zonas de peligro.

El caso de Bush es solo un ejemplo. Nixon intensificó la guerra de Vietnam en 1972, a pesar de que los demócratas tenían mayoría en ambas cámaras y se oponían al conflicto. Clinton llevó a cabo una campaña aérea de la OTAN de 78 días en los Balcanes en 1999, incluso después de que la Cámara de Representantes se negara a autorizar la operación. Obama inició operaciones militares prolongadas en Libia en 2011 sin la aprobación del Congreso.

Las mayorías demócratas en el Congreso seguramente le complicarían la vida a Trump, impulsando investigaciones, audiencias y, potencialmente, intentos de restringir las operaciones militares. No obstante, Trump seguirá siendo el comandante en Jefe durante otros dos años, y las decisiones de mayor trascendencia sobre Irán se seguirán tomando en la Casa Blanca.

Los antecedentes sugieren que Trump conservará un margen de maniobra relativamente amplio, lo que le deja tres opciones generales:

Trump podría declarar cumplidos los principales objetivos militares, reducir las operaciones y aceptar un acuerdo costoso con Irán para restablecer la normalidad en la navegación a través del estrecho de Ormuz.

Esto podría reportar beneficios políticos y económicos a corto plazo, especialmente si los precios de la energía descendieran.

Sin embargo, tal desenlace permitiría a Irán proclamar la victoria tras haber sobrevivido a la campaña militar estadounidense y haber demostrado su capacidad para amenazar el comercio internacional con el fin de obtener concesiones. Asimismo, Irán podría invertir sus recursos en reconstituir sus programas nuclear y de misiles, socavando por completo la lógica que justificaba la campaña militar.

Si Trump hubiera tenido intención de replegarse por motivos políticos, habría contado con todos los incentivos para hacerlo antes de las elecciones intermedias. Su decisión de mantener el bloqueo, pese a los costos políticos, hace improbable una retirada repentina tras el mes de noviembre.

Estados Unidos bloqueó los puertos iraníes al tiempo que facilita el tránsito de buques comerciales por el estrecho de Ormuz, aumentando así el flujo de petróleo del Golfo e imponiendo costos económicos crecientes a Irán.

No obstante, esta estrategia ha desembocado en una situación cercana al estancamiento.

Irán ya no puede cerrar el estrecho de Ormuz, pero sigue amenazando a los buques y a las infraestructuras regionales, además de imponer tarifas a quienes utilizan dicha vía.

Entretanto, Estados Unidos confía en que su bloqueo económico obligará pronto a Irán a hacer concesiones en la mesa de negociación, incluso en lo relativo a su programa nuclear.

Ambas partes parecen creer que el tiempo juega a su favor.

Trump podría intentar romper este estancamiento respondiendo con mayor agresividad a los ataques iraníes y atacando la infraestructura militar que los sustenta.

El almirante Brad Cooper, comandante de las fuerzas militares estadounidenses en la región, adelantó este enfoque en septiembre al declarar: “Si disparan contra dos de nuestros buques, impondremos un costo aún mayor: destruiremos tres de los suyos”.

El objetivo sería establecer expectativas claras para Teherán, disuadir de nuevos ataques en el estrecho y calibrar la presión militar para respaldar las negociaciones y la diplomacia.

Teherán podría responder intensificando las hostilidades, lo que ampliaría el conflicto. Aun así, este enfoque buscaría equilibrar la presión militar y la diplomacia para poner fin a la guerra definitivamente.

Trump podría decidir que Irán representa el desafío de política exterior decisivo de su segundo mandato y que dispone de una oportunidad limitada para remodelar Medio Oriente antes de abandonar el cargo.

Eso podría implicar ampliar la campaña conjunta con Israel contra Irán y sus aliados regionales, lo que incluiría un mayor apoyo a Arabia Saudita frente a los hutíes de Yemen, respaldados por Irán.

Trump también podría perseguir un objetivo de mayor envergadura: ampliar los Acuerdos de Abraham mediante un pacto entre Israel y Arabia Saudita antes de que finalice su mandato presidencial.

Dicho acuerdo parecía estar al alcance de la mano poco antes de los ataques de Hamas contra Israel el 7 de octubre de 2023, tal como describo en el primer capítulo de Brink, mi nuevo libro sobre la crisis.

No es algo imposible de lograr en los próximos dos años, y es probable que Trump haga todo lo que esté en su mano para conseguirlo. Sin embargo, lograrlo será extraordinariamente difícil. La región ha cambiado desde el 7 de octubre.

Arabia Saudita necesitaría nuevas garantías de seguridad por parte de Washington. Israel tendría que afrontar decisiones difíciles sobre Gaza y aceptar la “vía hacia la autodeterminación y la condición de Estado de los palestinos”, ya establecida en la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada el año pasado.

Las elecciones en Israel, previstas para finales de este mes, podrían determinar si esto es posible.

No obstante, los presidentes que se acercan al final de su mandato a menudo se vuelven más ambiciosos, no menos.

Sea cual sea la decisión de Trump, este camino —una nueva campaña militar vinculada a un logro diplomático— resultará tentador.

Si yo estuviera hoy en la Casa Blanca, probablemente recomendaría algo en la línea de la segunda opción: mantener la presión económica, responder con mayor contundencia a los ataques militares iraníes y preservar una vía para una solución negociada.

El objetivo debería ser un resultado estratégico sostenible, con medios calibrados para alcanzarlo.

Si surge la posibilidad de un acuerdo con Arabia Saudita, hay que buscarlo; pero no se debe asumir que una escalada militar aumentará las probabilidades de éxito.

Sin embargo, son los presidentes quienes toman las decisiones finales, no sus asesores.

Tras las elecciones intermedias, es posible que Trump se sienta menos limitado por la política y más decidido a lograr algo duradero.

A Teherán le convendría recordar esa historia.

A Trump le quedan dos años. Las elecciones intermedias podrían debilitarlo políticamente. También podrían hacerlo más decidido a resolver el conflicto con Irán bajo sus propios términos.

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